Muestra ampliada · Capítulo 1 de 21
El mismo capítulo que abre la novela. Leelo completo antes de decidir.
María confiaba en las caras.
La casa que Leonardo dibujó. María ordenaba recibos en la mesa mientras Leonardo Gabriel, su hijo de nueve años, hacía una tarea que consistía en dibujar una casa. La coincidencia habría sido cursi si aquella casa no estuviera a punto de desaparecer.
A sus veintinueve años, María vivía en La Esperanza, Quetzaltenango, con Leonardo y con sus padres, doña Isabela —doña Chabela o doña Chabe para la familia— y don Beto. Era maestra de párvulos: sabía calmar llantos, repartir refacciones y detectar una mentira infantil antes de que terminara de vestirse. La casa era alquilada y pronto tendrían que entregarla.
Doña Chabe tenía cincuenta y siete años y padecía diabetes mellitus. Don Beto tenía sesenta y nueve, doce años más que ella, había fumado mucho durante su juventud y sufría enfisema pulmonar. El concentrador de oxígeno zumbaba junto a su silla como otro miembro de la familia: no opinaba, pero nunca se callaba.
Para María, mudarse no significaba solamente guardar platos y ropa en cajas. Había que trasladar el equipo de oxígeno, evitar que el polvo enfermara a don Beto, conservar frías algunas medicinas y convencer a doña Chabe de que no intentara cargar lo que ya no podía. En la familia todos querían ayudar; el problema era que casi todos necesitaban ayuda.
Doce años antes, el sismo del 7 de julio de 2014 había golpeado la casa familiar en San Lorenzo, San Marcos. Ninguno salió herido, pero la vivienda quedó muy dañada y con ella se fue buena parte del dinero que habían invertido. Aquella mañana no perdieron una vida. Perdieron la forma de vida que conocían.
Se trasladaron a Quetzaltenango y, por medio de un familiar de una compañera de trabajo de María, encontraron una casa vieja en La Esperanza. Les cobraban una renta accesible porque el inmueble tenía demasiados años, demasiadas grietas y demasiadas reparaciones pendientes. Ahora el propietario había decidido demolerla. La ayuda tenía fecha de vencimiento.
Leonardo coloreó el techo de rojo y dibujó cuatro ventanas desiguales. —Aquí va a estar mi cuarto —dijo, señalando el espacio más grande. María no le explicó que un cuarto todavía podía caber en un dibujo aunque ya no cupiera en las cuentas. Le acomodó el pelo, le dijo que estaba chilero y siguió separando recibos: alquiler, medicina, escuela, comida. Después colocó aparte la libreta donde llevaba los ahorros para el enganche de una vivienda.
El aviso del propietario estaba pegado en la refrigeradora con un imán de una pizzería. Cuarenta y cinco días. María había contado el plazo de tres maneras: días de trabajo, días de escuela y días de medicina.
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